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Hace 25 años, James Cameron creó un hito del cine, justo cuando nadie daba un duro por él, después de debutar con una catastrófica película de la que fue despedido. Nadie podía imaginar que su verdadero primer filme iba a convertirse en una saga de la que iban a estar pendientes tantos fanáticos, que alucinaron con la segunda parte, la cual no superaba a la primera, pero estaba a su altura, a la altura de la leyenda. Abandonado Cameron el barco, pues ni siquiera posee ya los derechos del personaje, los destroza-franquicias de Hollywood no podían dejar pasar la oportunidad y fabricaron una tercera parte calamitosa.

Aquella tercera parte no dio tanto dinero como la segunda (y costó más…), pero la tentación es demasiado grande, muchos espectadores de todo el mundo pueden pasar por caja. ¿Por qué no volver a intentarlo? Y así, aquí tenemos la cuarta película, que resulta, de nuevo, una decepción mayúscula. Pienso que el principal problema de esta rotunda equivocación es un guión demencial (firmado por los mismos desaprensivos de la tercera parte), desprovisto de la menor chispa o imaginación, y filmado por McG con una deprimente impersonalidad. De nuevo, quieren colarnos un despropósito como lo que no es: una gran película de acción y aventuras.