Soy Leyenda

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Ciencia-Ficción
Estreno: 19-12-2007
Promedio: de 16 usuarios
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Excelente

Sinopsis

Tras la expansión de un virus creado por el hombre, el científico Robert Neville es el único superviviente humano en Nueva York. Neville encabezó la investigación para controlar la pandemia, pero en el camino murió su familia y puede que el resto de la humanidad. Lleva años mandando mensajes por radio a posibles supervivientes y, aunque no hay respuesta, no está solo: los infectados que no murieron se han convertido en mutantes nocturnos. Neville siente que tiene la misión de lograr un antídoto.

En 1954 Richard Matheson revolucionó la literatura moderna de ciencia ficción con “Soy leyenda”, la historia de un hombre solo contra el mundo tras un cataclismo. La novela ha inspirado a autores posteriores y ha sido adaptada dos veces para la gran pantalla: “The Last Man on Earth,” (1964), con Vincent Price, y “El último hombre… vivo,” (1971) con Charlton Heston. El oscarizado Askiva Goldsman, guionista de “Una mente maravillosa”, ha aprovechado las preocupaciones latentes en la sociedad actual para crear una película dramática, terrorífica, pero también fantástica que tiene lugar en el Nueva York contemporáneo. De la realización se ha encargado Francis Lawrence, que ya demostró sus credenciales dirigiendo el thriller de terror “Constantine”.

Will Smith continúa en la línea marcada en “Yo, Robot” o “Independence Day” interpretando a un hombre en una situación límite llamado a ser un héroe. Smith afirma que lo más complicado y fascinante de su personaje fue captar sus complejas sensaciones. Junto a él, la brasileña Alice Braga, protagonista de “Cidade Baixa”, y el jovencísimo Charlie Tahan. Como curiosidad apuntar que la hija de Will Smith, Willow, debuta en el cine con su padre después de que su hermano hiciera lo propio en “En busca de la felicidad”.

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Críticas

Crítica por

Si por algo merece ser recordada la novela de Richard Matheson que inspira el “Soy leyenda” de Francis Lawrence, es la lapidaria desolación del desenlace, la constatación terrorífica de que el proceso de involución del ser humano es irreversible ante la extinción poética y real de la última brasa encendida de lo que un día fue la humanidad. La ciencia-ficción con pedigrí, la que ejerce de proyector a largo plazo de nuestros miedos y acierta a dar forma a los fantasmas que nublan nuestras fantasías futuristas, es la ciencia-ficción apocalíptica, la que intuye un ocaso en acto o en potencia de la civilización moderna y posmoderna. Soy leyenda fue, en ese y otros sentidos, un texto visionario y, sin dura, referencial dentro del mapa literario del género en la era atómica y posterior. No era previsible que Lawrence fuese a llegar tan lejos: los dictados y recomendaciones de la industria pesada norteamericana no consienten moralejas tan lúgubres; los mártires no venden, lo realmente rentable son los héroes, por eso la tercera adaptación al cine de la obra de Matheson pule aristas y matiza el filo de las puntas.

Lawrence ha convertido Soy leyenda en el pavoroso teatro de expiación de un héroe prototípicamente norteamericano, que filtra rayos de luz en el corazón de un discurso tenebrista y nada halagüeño que enunciaba, con templada lucidez, el autor del libro. Así el aura fúnebre del original literario, su osadía terminal deviene por cortesía de Hollywood en un relato futurista y pandémico enteramente convencional, al menos desde el momento en que abandonada la ruta de la premisa inaugural, decide derivar hacia itinerarios ajenos al universo de Matheson y tomar el desvío del estándar, para apuntarse a la resolución tipo (o casi) de toda ficción pre-apocalíptica manufacturada por Hollywood y sus satélites.

Ahora bien, asumida la inevitabilidad de la traición, leyendo el filme como lo que es, un espectáculo palomitero para públicos sin ganas de devanarse los sesos, Soy leyenda encuentra su sitio respetando las coordenadas base del buen blockbuster pero desde la dignidad de una ficción extraordinariamente ágil (vivan los noventa minutos de toda la vida) a la par que razonablemente inhóspita. Lawrence rastrea las calles fantasmas de una Nueva York desierta y hostil ilustrando, con demasiada querencia por el énfasis (ver las prescindibles secuencias de Robert Neville y los maniquíes en el videoclub), la alienante soledad del último (¿o no?) hombre vivo sobre la faz del planeta, delegando, sabiamente, en la enorme pegada escénica de Will Smith. Lo sorprendente, no obstante, en una superproducción de este tonelaje es la irregular factura de los efectos visuales, enormes como complemento ambiental del atrezo (o en las acrobáticas cacerías urbanas), muy frágiles a la hora de corporeizar a los sufridos infectados, cuyo acabado camina con tres o cuatro años, mínimo, de retraso.

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